—Yo quiero aprender a leer, mamá —le
decía Simón a su madre todos los días.
—No te puedo ayudar, hijo mío. Yo no sé
leer —le respondía con mucha tristeza.
Un día se les acercó Ernestina, una ratita
anciana muy respetada en la granja
porque era muy sabia.
—Ven aquí, Simón —le dijo con su voz
desgastada—. Supe que quieres aprender a leer.
Sí, señora —le respondió el
cerdito.
—Pues yo te puedo ayudar. Tengo un
sobrino un tanto distraído, pero buena criatura. Se llama Luis. Él sabe leer,
aprendió desde muy pequeño, es un ratón muy inteligente, un humano le enseñó.
Vive debajo de la biblioteca de una universidad muy importante de la capital.
Su cama está hecha de libros —le susurró— y se ha leído cada uno que alberga
aquel lugar. Siempre viene a visitarnos en primavera y nos relata las historias que ha leído como regalo.
Fermín, mi marido, va de vez en cuando a la ciudad a
ver cómo se encuentra la familia. Le dijo que tú quieres aprender a leer y no tardó en responder: «¡pues yo le enseñaré!».
No es egoísta con sus
conocimientos.Te encantará, serán buenos amigos.




